sábado, 12 de marzo de 2011

El silencio (1963)



Ester, su hermana Anna y su pequeño sobrino Johan, atraviesan en tren un país oscuro y extraño, probablemente en guerra. Los tres se dirigen a casa pero tienen que parar en la ciudad de Timoka, ya que Esther está muy enferma y está sufriendo una crisis. Timoka es una ciudad ficticia de atmósfera opresiva y ellos no entienden la extraña lengua que allí se habla, sólo los tanques de guerra y las sirenas hablan de una situación que todos comprenden. En un solitario hotel esperan el momento adecuado para continuar el viaje. Las dos hermanas ya no tienen casi nada que decirse, su relación es de una extraña mezcla de odio exacerbado y patológica dependencia, de lo cual es testigo el pequeño. Esther intenta trabajar en traducciones y trata de reprimir la atracción sexual hacia su hermana. Anna sale en busca de sensaciones que la saquen de su tedio y angustia. La ambigua relación entre las dos calienta una narración que seduce. Bergman muestra asi cómo es el mundo cuando el silencio de Dios, sentido tan intensamente en su obra de los años cincuenta y sesenta, no se compensa con el amor, cuando entre los hombres no se establece ninguna conexión por medio del amor. “El silencio” ahonda en la falta de comunicación humana, el deseo de la misma, la alienación personal, la soledad y la ausencia de un nexo religioso, junto a agonías y desenfrenos de cariz sexual, bases de esta pesimista película, aposentada en la confrontación psicológica de dos hermanas muy diferentes. Una, enferma, intelectual y de tendencias lésbicas, la otra más vivaz, carnal y deseosa de fáciles encuentros sexuales. Las diferencias entre las hermanas se agudizan por las relaciones de Anna con un camarero de bar, con quien no puede entablar ninguna relación de afecto debido a su desconocimiento del idioma del acompañante y al estado neurótico de la mujer. El pequeño hijo de Anna es un espectador inmerso en el extraño e incomprensible mundo que le rodea. El silencio hunde a Esther y a Anna en un infierno de desesperación. Sólo el niño Johan representa un rayo de esperanza y promete, tal vez, una redención. La sustancia dramática ha sido reducida casi hasta el punto de la aniquilación. Las escenas parecen surgidas del cine mudo, al representar situaciones que aparecen fugazmente, tales como las de los tanques que el niño ve por las ventanas del tren, en una marcha que nos dice que es tiempo de guerra. En solo un momento de la película parece crearse una relación humana de valor: La música de Juan Sebastián Bach, cuyo nombre el conserje del hotel pronuncia con veneración al escucharla en un aparato de radio.

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